El ateísmo es, en un sentido amplio, la no creencia en deidades u otros seres sobrenaturales. En un sentido más estricto, el ateísmo es la posición que sostiene la inexistencia de deidades. Algunos la definen como una doctrina o posición que rechaza el teísmo, que en su forma más general es la creencia en la existencia de, al menos, una deidad.
En un sentido amplio podría incluirse dentro de la definición de ateísmo, tanto las personas ateas, quienes explicitan la no existencia de dioses, como aquellas que, sin creer en su existencia, no tienen evidencia ni convicción para su refutación. En un sentido estricto se excluyen a estos últimos, denominados agnósticos, de la definición de ateos. Los agnósticos rechazan reconocerse como ateos o ateístas ya que consideran inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia o simplemente irrelevante.
El término ateísmo incluye a aquellas personas que declaran no creer en ningún dios ni fuerza ni espíritu divino. Según el historiador Francisco Díez de Velasco, ser ateo o negar la existencia de un dios o dioses no implica necesariamente no pertenecer a ninguna religión; existen religiones, como el budismo que niegan la existencia de dios o no mencionan la existencia de dios alguno y que, por consiguiente, son ateas o más correctamente no teístas.
Los postulados del ateísmo son contrarios a los que sostienen las creencias religiosas e implican una crítica a la religión.
HISTORIA DEL ATEISMO
Probablemente el ateísmo haya existido desde el origen de las creencias teístas, ya que es difícil que la totalidad de los miembros de una sociedad compartan su pensamiento religioso. A lo largo de la historia, las opiniones teístas ligadas a la religión han tenido generalmente una posición predominante en las sociedades. Los oponentes de estas posturas no han tenido siempre la oportunidad de expresar sus puntos de vista en público debido a fenómenos de caza de brujas o la terrible Inquisición en la Europa cristiana. Por eso en distintos momentos históricos, es raro encontrar puntos de vista ateístas en manuscritos u otros referentes históricos.
Antigüedad. Tiene relevancia la escuela Chárvaka, por el nombre de su fundador, una escuela surgida en la India en torno al siglo VI a. e. c., que defendía una interpretación filosóficamente ateísta y materialista del mundo, y cuya interpretación del origen de la religión y del papel del clero se parece a la del ateísmo occidental moderno. Enfrentada con posturas religiosas fuertemente organizadas, sus escritos fueron destruidos de manera sistemática y solo han sobrevivido fragmentos (especialmente del Barjaspatiá sutra) enmarcados en textos hostiles.
En la antigua Grecia vivieron filósofos supuestamente ateos o, más bien, agnósticos, que no aprobaban la religión que dominaba su sociedad. La mayoría tenía una postura materialista, según la cual todas las cosas son esencialmente materiales; incluso los fenómenos espirituales tendrían una base material, por lo que no sería necesario ningún dios. En el siglo V a. e. c., el término ateo adquirió un significado adicional, expresando una falta total de relación con los dioses; esto es, negador de los dioses, incrédulo, irreligioso, antirreligioso, sacrílego, con una connotación más parecida a nuestro término actual impío. Un término menos peyorativo en esa época era asebēs.
Los primeros filósofos en negar la existencia de los dioses tradicionales fueron algunos sofistas griegos, siendo el primero Protágoras (480-410 a. e. c.), quien fue exiliado de Atenas por ateísta, aunque en realidad su posición era escéptica o agnóstica respecto al tema religioso; también Diágoras de Melos y Critias. Otros filósofos griegos tuvieron un enfoque más práctico del ateísmo. Demócrito (460-370 a. e. c.), que fue el primero en pensar que la realidad estaba compuesta por átomos y vacío, pensaba que la inexistencia de los dioses se seguía de la existencia de mejores explicaciones para el mundo real, postulando su visión de un universo compuesto por átomos; en realidad, admitía la existencia de dioses atómicos, lo cual se prueba porque tenemos imágenes de ellos (y sólo tenemos imágenes de lo que hemos experimentado a nivel sensible). Hubo otros materialistas como Epicuro (341-270 a. e. c.) y su seguidor romano Lucrecio (98-55 a. e. c.), que aunque no negaban explícitamente la existencia de las divinidades, sostenían que no tendrían ninguna interacción con las actividades humanas.
Como sustantivo abstracto, existía también atheotēs (ateísmo). El escritor y político romano Cicerón (106-43 a. e. c.) transcribió atheós al latín atheus. Ésta palabra tomó un significado ambivalente en el Imperio romano, en las discusiones entre cristianos y paganos (desde el siglo II de nuestra era); cada grupo atribuía el término athéoi al otro.
Edad MediaDurante la Edad Media en Europa el ateísmo filosófico o teórico (otra cosa es el indiferentismo práctico) fue un fenómeno socialmente minoritario limitado a personas singulares o a algunos grupos filosóficos. La metafísica, la religión y la teología habían sido añadidas al quadrivium como materias de enseñanza predominantes, y la enseñanza quedaba al cargo de la iglesia católica bajo la autoridad de los obispos. El cristianismo deja de ser perseguido a partir del siglo IV, con el Edicto de Milán, y en los tres últimos siglos de la Edad Media se produce una clericalización de la sociedad, en la que la iglesia organiza y fortalece todo el aparato administrativo, fiscal, judicial e intelectual. La Inquisición oficiaba para castigar y erradicar las herejías y la blasfemia (y la brujería), términos que incluían toda desviación del dogma que pudiera conllevar críticas o escepticismo frente a los preceptos religiosos dominantes, así como la creencia en otras doctrinas como el catarismo o religiones como el judaismo y el islam. Casi no se empleaba aún el término atheo o atheísta, quedando éstos difuminados entre las numerosas herejías que se extendieron por Europa occidental en ese periodo.
Del Renacimiento al siglo XIX
Mijaíl Bakunin.El materialismo y la resistencia a la iglesia católica fue la marca del humanismo renacentista (1400-1500), que promovía la libertad de pensamiento y el desarrollo del escepticismo. La visión ateísta reaparece recién en algunos filósofos renacentistas, como Pietro Pomponazzi. Leonardo da Vinci se enfrentaba a las autoridades religiosas al sostener que la explicación sólo puede proceder de la experimentación. Otros pensadores como Nicolás Maquiavelo y François Rabelais formularon críticas hacia la religión y la Iglesia, y el pensamiento de Raimundo de Sabunde, traducido al francés y alabado por el filósofo Michel de Montaigne, marcó un paso decisivo en la vía del escepticismo.
Las palabras ateo y ateísmo empezaron a emplearse en francés a partir del siglo XVI, pero se hablaba entonces sobre todo de increencia.
Durante la era de la Ilustración, en el siglo XVIII, el ateísmo tuvo una promoción importante (1688-1789), con el barón Paul d’Holbach y Julien Offray de La Mettrie. La situación empezó a liberalizarse hacia 1700. Entre otros, el filósofo y enciclopedista Denis Diderot afirmó que el mundo se podía explicar sin ninguna hipótesis divina. Los desarrollos de la física y la matemática condujeron también a abrir un debate acerca del determinismo, postura que en su momento fue considerada proateísta, como la del matemático Laplace (1749-1827).
El ateísmo aumentó sustancialmente en el siglo XIX, paralelamente al conocimiento del mundo natural y a la filosofía positivista. En este sentido cobró importancia la teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin, quien era un agnóstico, en cuanto a que ofreció una explicación del orden en la Naturaleza basada en un mecanismo natural e iba dejando menos parcela a la creencia. En esta época se desarrollaron los regímenes liberales, surgidos de los ideales de la Revolución francesa, que empezaron a garantizar la libertad de conciencia, dejando progresivamente de ser las posiciones ateístas, o simplemente heterodoxas, objeto de persecución.
El ateísmo fue desarrollado por filósofos de la izquierda hegeliana como Ludwig Feuerbach y se convirtió en un aspecto básico del materialismo dialéctico de los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels (quienes fundaron su opinión materialista en las de Demócrito y Epicuro), así como en el positivismo de Auguste Comte y el materialismo científico-natural de Félix Le Dantec. La defensa más radical del ateísmo fue desarrollada por los fundadores del anarquismo, más en concreto por Mijaíl Bakunin, que llamaba a la destrucción de la idea de dios en su obra Dios y el Estado:
Amantes y envidiosos de la libertad humana, y considerándola como la condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad, doy vuelta la frase de Voltaire y digo: si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer.
Max Stirner (seudónimo de Johann Kaspar Schmidt, contemporáneo de Marx) publica en 1844 El único y su propiedad, obra que será idolatrada y odiada, en la cual, con un ateísmo sin medias tintas critica a Feuerbach, Bauer y a los comunistas, hace tabla rasa de toda la filosofía precedente y de los fantasmas de la irracionalidad, propugnando un extremo individualismo y adoptando incluso el propio término egoísmo. Friedrich Nietzsche, importante filósofo nihilista, y gran crítico del cristianismo, estaba atraído a la obra de Stirner, tanto que temía ser acusado de plagio; en sus obras La gaya ciencia y Así habló Zaratustra hace explícita la frase 'Dios ha muerto' y en la obra El Anticristo expone la perversión que ha sufrido el cristianismo. También fue notable el pensamiento de Arthur Schopenhauer (1788-1860), que algunos definen como el ateísmo de la desesperación.
Debe señalarse la importancia que el libro El origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882) y la aceptación generalizada de la teoría de la evolución van a suponer para el cuestionamiento de la creación divina del hombre y de las distintas especies animales, una de las razones que justificaba satisfactoriamente la existencia de un dios, y el consecuente reforzamiento de posiciones tanto ateas o ateístas como agnósticas.
Siglo XX y XXIcon ente los estados socialistas, nacidos de la Revolución de Octubre, el ateísmo pasó de ser una postura minoritaria a ser una política de Estado (ateísmo de estado). Principalmente en la Unión Soviética, y en los países firmantes del Pacto de Varsovia, el afán del estado por imponer el ateísmo materialista derivado del marxismo fue causa de persecución para las diversas religiones practicadas en esos países.
Contrapuestos a estos estados, la mayoría del resto de los países del mundo institucionalizaron la separación de la Iglesia y el Estado, declarando el estado laico, siendo los países árabes la principal excepción.
El siglo XX también vio enormes avances en la ciencia, y el ateísmo o el escepticismo se convirtieron en las posiciones más comunes entre los científicos y gente cultivada.
Notables pensadores ateístas del siglo XX son el novelista Albert Camus, la filósofa y novelista Ayn Rand, el filósofo Jean-Paul Sartre y el matemático y filósofo Bertrand Russell.
Con la caída del bloque socialista en los años 90 del siglo XX, las religiones en los antiguos países socialistas retomaron parte de su antigua importancia, si bien el ateísmo continúa siendo muy extendido en estos países.[cita requerida]
Entre los siglos XX y XXI personas como Richard Dawkins (etólogo), Peter Atkins (químico), Sam Harris (escritor), Christopher Hitchens (escritor), Piergiorgio Odifreddi (matemático), Michel Onfray (filósofo), Pat Condell (escritor), Gustavo Bueno (filósofo) y Fernando Savater (filósofo) entre muchos otros, mantienen posiciones ateas más o menos activas, en defensa de la ciencia y el humanismo vitalista, frente a la intervención e influencia de las distintas iglesias y en defensa de los derechos de los ateos que consideran menoscabados
FUNDAMENTOS DEL ATEISMO
Por de pronto dejamos por sentado que Descartes, por ejemplo, no podía tener razón en su pretendida demostración de un dios a partir de las ideas de perfección. Si hallamos en nosotros la idea de un ser infinitamente perfecto, razonaba Descartes, tal idea no podía provenir de la nada ni de nosotros mismos porque somos seres imperfectos. Luego tenía que proceder del mismo ser infinito y perfecto, y por consiguiente así quedaba demostrada su existencia. Sin embargo, Descartes, en sus tiempos, no sabía nada de neuronas ni de genética, ni de evolución de la vida y el choque de la incipiente conciencia con el entorno enigmático y hostil.
Por su parte, el otro sentido del argumento ontológico de la existencia de un dios carece igualmente de todo valor, ya que si por el solo hecho de poder concebir o intuir un ser, éste tiene que existir, también existirían indudablemente las Gorgonas, el Centauro, el Leviatán, todos los dioses del Olimpo, como asimismo lo espiritual en general que involucra lo sobrenatural y por ende los milagros, los poderes ocultos, la magia, la adivinación, etc., que ya sabemos, los hombres ilustrados, que no existen.
La experiencia religiosa (otro argumento), como igualmente ya sabemos, tampoco añade absolutamente nada a favor de la teología, puesto que el mundo ha estado y aún se halla plagado de diversos dioses según las culturas; y que el dios único es puro objeto de fe tampoco sirve, ya que con este criterio se podría llegar a creer por artículo de fe en cualquier disparate, en las cosas más extravagantes.
Tampoco puede ser, como lo pretende el teólogo Hans Küng, quien después de escribir una extensa obra que estoy releyendo cuyo título reza ¿Existe Dios? (Madrid, ed. Cristiandad, 1979) concluye en un sí a dios, como una cuestión de confianza: Dios es algo que sólo puede ser admitido mediante una confianza basada en la realidad misma.
Con este mismo criterio se puede creer en cualquier falsedad, tanto en el terreno dogmático como en el científico, y esta certeza o puede tener valor alguno precisamente frente a la realidad que antepone Küng.
No por el hecho de que se crea que la realidad sea infundadasin un dios que la soporte se debe concluir en la necesidad de tal dios, porque según mi cosmología, esto que estamos viviendo es un instante efímero, una chispita en la sordera, ceguedad e inconsciencia de un Anticosmos infinitamente alejado de un aparente cosmos-orden.
De modo que flaquea ante mi visión del mundo, aun lo que dice Küng en su libro (pág. 774) en estas palabras:
También es posible el sí a Dios. El ateísmo no puede ser fundamentado racionalmente. ¡Es indemostrable!
¿Por qué? Porque es la realidad con toda su problemática la que ofrece motivo suficiente para arriesgar un sí confiado no sólo a esta realidad, a su identidad, sentido y valor, sino también a aquel sin el que esa misma realidad aparece, pese a su carácter fundante, en último término infundada, pese a su condición sustentante, en último término sin soporte, pese a su autoevolución, en último término sin meta; esto es un sí confiado al fundamento, soporte y meta últimos de la problemática realidad.
En síntesis, no existe de hecho ninguna prueba concluyente de la necesidad del ateísmo. Tampoco se puede rebatir positivamente al que dice: ¡Hay un Dios! Semejante confianza, que la misma realidad invita a tener, no se ve conmovida por el ateísmo. También la afirmación de Dios descansa últimamente en una decisión que, lo mismo que la otra, depende de la opinión fundamental ante la realidad general. También ella es racionalmente irrefutable.
Concretamente, ¿por qué flaquea este aumento de Küng ante mi cosmología?
Es de advertir que mi visión del mundo descrita en mis libros, es una auténtica antiteología y mis obras están trabadas en sus partes componentes, es decir que éstas están relacionadas entre sí, de modo que todo ya ha sido dicho, y para rebatir a Küng remito al lector, en especial a mi obra titulada: La esencia del universo, donde digo que todo es accidental, incluso los efímeros “resultados” como las conciencias humanas.
También carecen de todo valor, las aristotélicas pruebas de “las cinco vías tomistas” o argumentos a posteriori, por ser totalmente anticuadas y mal fundadas, ya que a la luz de la astrofísica actual comprobamos que lejos de hacer falta un primer motor (dios), el mundo se da cuerda a sí mismo y puede prescindir perfectamente de todo dios creador, conservador, gobernador y providente como incluso lo corrobora Stephen Hawking en su Historia del tiempo, (Buenos Aires, Ed. Crítica, 1988, cap. 8), y que la finalidad de las cosas que se da por supuesta no existe. (Véase mi libro: Razonamientos ateos, Meditación, Buenos Aires, 1987, Libro II 4ª parte, cap. IV).
También queda hoy fuera de lugar el remontarse hacia la infinita serie de causas y efectos para hallar finalmente la causa primera.
En cuanto a las pruebas de las verdades eternas que Leibniz, por ejemplo, expresa así: Las verdades necesarias, siendo anteriores a la existencia de los seres contingentes, deben estar fundadas en la existencia de una sustancia necesaria, no tienen ya validez a esta altura de mi exposición, pues han sido refutadas con mi visión del universo como un eterno cataclismo en mi obra más arriba citada.
Por su parte, el argumento teológico de la existencia de un dios, basado en el deseo de beatitud (o prueba eudemonológica), que en esencia se formula así: Todo anhelo natural supone la existencia real de lo anhelado, entonces si el hombre anhela a un dios, éste debe existir, queda igualmente invalidado por razones lógicas.
Por último, el argumento de la moralidad cuyo mayor exponente en tal sentido ha sido Kant con su obra Crítica de la razón práctica según el cual la existencia de las reglas morales nos da cuenta de un ser supremo que las ha establecido, cae por su base ante la explicación biológica de la moral como factor de supervivencia.
Aquí vemos a las claras que la idea de un dios es una construcción humana, una ilusión, y por eso debo felicitar al ex teólogo Feuerbach, quien también así lo concibió y quien le hizo decir al teólogo Hans Küng cien años después con respecto a él: “Los teólogos parecen tener dificultades, casi miedo, para mirar de frente a un ateísmo tan descarnado y entrar en diálogo con él. Prefieren eludirlo, ignorarlo, escamotearlo dialécticamente”. (Véase: Hans Küng: ¿Existe Dios?, Madrid, Ed. Cristiandad, 1979, pág. 296).
EL ATEISMO COMO POSTURA FILOSOFICA
A propósito de recientes manifestaciones publicitarias aparecidas en un medio de transporte, negando o, más bien, dudando sobre temas teológicos, para los no iniciados diremos que ateísmo (ser ateo o abrazar el ateísmo) es negar a Dios y toda realidad que pueda llamarse divina. El ateísmo no es propiamente una religión, sino una postura filosófica o vital respecto a la existencia de Dios.
En el caso del ateísmo, la mezcla de corrientes filosóficas hace difícil una categorización de criterios excluyentes, por lo que distintos grupos o personas utilizan diferentes adjetivos para dar ventaja a las diferentes posturas. Pero intentaré hacer una clasificación para entendernos.
En primer lugar, el ateísmo militante o positivo se caracteriza por la negación categórica de la existencia de Dios, pretendiendo encontrar para ello explicaciones filosóficas, sociológicas, históricas y psicológicas. Este sería el caso del marxismo, que establece las premisas para la concepción materialista de la historia. Se autodenominan librepensadores.
El ateísmo débil o escéptico sería la forma más común del ateísmo. No es la creencia en la inexistencia de Dios, sino la ausencia de creencia en Dios. El ignorar a Dios, el «pasar» de todo tema religioso.
Finalmente el ateísmo «agnóstico» que no niega explícitamente la existencia de Dios, sino la posibilidad de conocer su existencia. Propiamente no se consideran ateos, ya que no lo niegan, sino que consideran inaccesible al entendimiento humano.
Todo este preámbulo viene a colación de la campaña publicitaria que aparece en los autobuses de transportes públicos del área metropolitana de Barcelona –financiada por la Unión de Ateos y Librepensadores de Cataluña e importada de la cultura británica a través de la British Humanist Association–, con el lema: Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida.
A propósito de la campaña puesta en marcha en autobuses de diversas ciudades sobre la existencia o no de Dios
Lo primero que me sugiere ese eslogan es que la citada Unión de Ateos y Librepensadores de Cataluña da la impresión de que quieren presentarse como una especie de religión, para la que intentan captar adeptos. En ese caso yo estoy muy contento con la que profeso, con la que me inculcaron mis padres con su ejemplo y que yo asumí conscientemente.
No me ha molestado la duda del «probablemente Dios no existe», pues expresan una postura personal de tantos que no han llegado a la fe, que, al fin, es un regalo de Dios, al que se lo agradezco todos los días. Lo que me ha sorprendido e incluso molestado es la segunda parte, –«Deja de preocuparte y disfruta de la vida»–, que viene a insinuar que los creyentes somos unos amargados por el hecho de nuestra fe.
El Dios de Jesús, el Dios Padre-Madre en el que yo creo, lejos de amargarme la vida, me da una perspectiva que transciende incluso los límites de esta vida y una proyección humanista y de fraternidad universal, al considerar a todo ser humano como un «hermano», por el hecho de ser él también hijo de Dios, hijo del mismo Padre. Yo soy padre de cuatro hijas y las quiero entrañablemente, pese a mis limitaciones. Por eso puedo atisbar lo que es Dios para mí: un Padre o mejor un Padre y una Madre a la vez con un cariño elevado a la enésima potencia respecto al que yo tengo para mis hijas, que tan gráficamente queda reflejado en la admirable parábola del hijo pródigo.
Al sentirme hijo de tal Padre, me preocupo estos días por los más de mil palestinos que han sido masacrados en Gaza por los halcones del ejército de Israel, en respuesta a las provocaciones de los misiles lanzados sobre territorio israelí por terroristas de Hamas; me preocupo también por la gente que en España está cayendo en el pozo del paro cada día, por los cerca de mil millones de personas que siguen viviendo a lo largo y ancho de la geografía mundial en estado permanente de hambre, por los niños que crecen sin el cariño de los padres, por los millones de seres humanos que carecen de asistencia médica, por tantas calamidades de las que, de alguna manera, todos somos responsables.
Me da la impresión que esa segunda parte del eslogan –«Deja de preocuparte y disfruta de la vida»–, es una llamada al hedonismo, a dejar de preocuparnos por el prójimo, al más puro egoísmo.
Por otra parte, los creyentes en general y los cristianos en particular, que tenemos una idea trascendente de la vida con promesa de eternidad, vivimos y disfrutamos –dentro de nuestras limitaciones–, de una vida espiritual, cultural y familiar y honestamente de lo material, porque es bueno, creado por Dios para disfrute de todos sus hijos.
Así que todos tranquilos y cada uno a lo suyo. Quien tenga una realización humanista circunscrita a lo mediocre, mezquino, transitorio y achaparrado de este mundo, tristemente sin esperanza, lo siento por él. Pero que no intente vendernos el «invento» como una ganga.
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